Autolesiones en adolescentes: cómo comprenderlas y actuar

Las autolesiones en adolescentes suelen generar una gran preocupación en las familias. Descubrir heridas, cortes o marcas puede provocar miedo, culpa e incluso la sensación de que hay que actuar inmediatamente, sin saber muy bien cómo.

En estas situaciones es comprensible que aparezcan muchas preguntas: ¿por qué lo hace?, ¿quiere llamar la atención?, ¿significa que quiere morir?, ¿debo preguntarle directamente?, ¿cómo puedo ayudar sin empeorar la situación?

Las autolesiones necesitan ser tomadas en serio, pero la respuesta no debería limitarse a impedir la conducta. Es importante comprender qué está intentando manejar el adolescente mediante ella y valorar adecuadamente si existe riesgo suicida.

En mi consulta de psicología para adolescentes en Las Rozas acompaño a jóvenes y familias a comprender el sufrimiento que puede encontrarse detrás de estas conductas y a desarrollar formas más seguras de reconocer, regular y comunicar las emociones.

¿Qué son las autolesiones?

Las autolesiones son conductas mediante las cuales una persona se provoca daño físico de manera intencionada. No constituyen por sí mismas un diagnóstico y pueden aparecer en adolescentes con dificultades emocionales muy diferentes.

Es importante distinguir entre una autolesión y un intento de suicidio. Una autolesión no implica necesariamente que el adolescente quiera morir. En muchos casos, cumple la función de aliviar temporalmente una emoción insoportable, recuperar cierta sensación de control o expresar un dolor que todavía no puede comunicar de otra manera.

Sin embargo, esto no significa que sean conductas sin importancia. Las autolesiones, aunque no exista intención de morir, se relacionan con un mayor riesgo de conducta suicida. Por eso, siempre es necesario explorar qué está ocurriendo y valorar profesionalmente la situación.

¿Por qué puede autolesionarse un adolescente?

No existe una única explicación. Para comprender una autolesión tenemos que preguntarnos qué estaba ocurriendo antes, qué sintió el adolescente y qué cambió inmediatamente después.

Algunas de las funciones más frecuentes de las autolesiones son:

  • Reducir una emoción especialmente intensa.
  • Sentir alivio ante la ansiedad, la rabia o la angustia.
  • Convertir un dolor emocional difícil de comprender en una sensación física concreta.
  • Salir de un estado de bloqueo, vacío o desconexión.
  • Castigarse debido a sentimientos de culpa, vergüenza o rechazo hacia uno mismo.
  • Comunicar un sufrimiento que no consigue expresar con palabras.
  • Recuperar una sensación momentánea de control.

La autolesión puede producir alivio a corto plazo. Precisamente por eso existe el riesgo de que se repita: el adolescente aprende que hacerse daño reduce momentáneamente el malestar, aunque después puedan aparecer culpa, miedo, vergüenza o necesidad de ocultarlo.

Cuando estas conductas se relacionan con emociones muy intensas, puede ser útil comprender mejor qué ocurre en los momentos de desregulación emocional en adolescentes.

¿Qué hay detrás de una autolesión?

Para comprender una autolesión no basta con observar la herida. Es necesario intentar entender qué estaba viviendo el adolescente en ese momento y qué emociones no estaba pudiendo manejar de otra manera.

Cuando el malestar es muy intenso, puede resultar difícil ordenar lo que está pasando, ponerle nombre o pedir ayuda. La tristeza, la rabia, la ansiedad, la culpa o la sensación de vacío pueden sentirse como algo urgente e imposible de soportar.

En esos momentos, la autolesión puede aparecer como una forma rápida de reducir esa intensidad, experimentar cierto alivio o expresar mediante el cuerpo algo que todavía no se consigue explicar con palabras.

El objetivo no consiste únicamente en conseguir que el adolescente deje de hacerse daño. También necesitamos ayudarle a comprender qué le ocurre y qué estaba intentando manejar mediante la autolesión.

Para empezar a comprenderlo, podemos explorar algunas preguntas:

  • ¿Qué sucedió antes de la autolesión?
  • ¿Qué estaba pensando en ese momento?
  • ¿Qué emociones aparecieron?
  • ¿Cómo notó esas emociones en su cuerpo?
  • ¿Qué esperaba que cambiase al hacerse daño?
  • ¿Cómo se sintió después?

Estas preguntas no pretenden justificar la conducta, sino comprender la necesidad que existe detrás. Cuando el adolescente aprende a reconocer lo que siente y puede compartirlo con otra persona, resulta más fácil encontrar formas diferentes y más seguras de afrontar el malestar.

¿Cómo deben reaccionar los padres?

La primera reacción de la familia es importante. El miedo puede llevar a interrogar, enfadarse, vigilar constantemente o exigir promesas como «no volverás a hacerlo».

Aunque estas respuestas parten de la preocupación, pueden aumentar la vergüenza y hacer que el adolescente oculte más lo que le ocurre.

Intentar mantener la calma antes de hablar

Antes de comenzar la conversación, conviene intentar reducir el propio nivel de alarma. Esto no significa restar importancia a lo sucedido, sino crear las condiciones necesarias para poder escuchar y pensar juntos.

Si el adulto se muestra completamente desbordado, el adolescente puede sentir que tiene que tranquilizar a sus padres, que ha provocado algo irreparable o que es mejor no volver a hablar de ello.

Preguntar de forma directa y tranquila

Hablar sobre las autolesiones no provoca que el adolescente quiera hacerse daño. Se puede comenzar con una frase sencilla:

«He visto estas heridas y estoy preocupado. No quiero regañarte, pero necesito entender qué te está pasando y saber cómo podemos ayudarte».

También es necesario preguntar claramente si ha pensado en morir o en quitarse la vida. Hacerlo de forma directa permite conocer mejor el riesgo y transmite al adolescente que puede hablar de ello.

Escuchar antes de buscar soluciones

En una primera conversación, el objetivo principal no es conseguir toda la información ni resolver inmediatamente el problema. Puede ser más importante que el adolescente perciba que su sufrimiento puede compartirse sin recibir una reacción de rechazo, enfado o castigo.

Podemos reconocer lo que parece estar sintiendo sin dar por hecho que conocemos exactamente su experiencia:

«Parece que estabas muy desbordado, aunque seguramente todavía no entiendo del todo lo que te ocurrió».

Mantener una actitud de curiosidad ayuda a que el adolescente no se sienta interrogado y facilita que pueda explicar progresivamente qué estaba viviendo.

Evitar minimizar o dramatizar

Frases como «eso son tonterías», «lo tienes todo» o «solo quieres llamar la atención» invalidan el sufrimiento. Sin embargo, reaccionar como si inevitablemente fuera a producirse una tragedia también puede dificultar que el adolescente hable con sinceridad.

Aunque la conducta pueda tener una dimensión comunicativa, eso no significa que el sufrimiento sea falso. Si un adolescente necesita hacerse daño para mostrar que algo no va bien, esa dificultad merece atención.

No centrar toda la relación en la vigilancia

Después de descubrir las autolesiones es comprensible que los padres quieran vigilar constantemente al adolescente, revisar su habitación o preguntarle repetidamente si ha vuelto a hacerse daño.

En algunas situaciones será necesario aumentar temporalmente la supervisión y limitar el acceso a aquello con lo que pueda lesionarse. Sin embargo, convertir toda la relación en vigilancia puede hacer que el adolescente se sienta observado, castigado o reducido al problema.

La seguridad es prioritaria, pero debe acompañarse de conversación, cercanía y ayuda profesional.

Buscar ayuda profesional

Las autolesiones requieren una valoración que explore su frecuencia, gravedad, función, posibles desencadenantes y relación con otros problemas emocionales. También es fundamental valorar específicamente la presencia de ideas suicidas, planes, intentos anteriores y otros factores de riesgo.

La intervención puede incluir trabajo individual con el adolescente y orientación a la familia. El objetivo será ayudarle a reconocer y comunicar lo que siente, anticipar situaciones de riesgo y construir alternativas para afrontar el malestar sin hacerse daño.

Si inicialmente rechaza acudir a consulta, puede ser útil saber qué hacer cuando un adolescente no quiere ir a terapia. En estos casos, los padres también pueden realizar una primera consulta para recibir orientación.

¿Cuándo hay que actuar con urgencia?

Se debe solicitar ayuda inmediata si el adolescente:

  • Manifiesta que quiere morir o que no quiere seguir viviendo.
  • Ha pensado cómo, cuándo o dónde podría suicidarse.
  • Ha realizado una tentativa o presenta lesiones que necesitan atención médica.
  • Está muy agitado, intoxicado, desorientado o resulta imposible garantizar su seguridad.
  • Se despide, entrega pertenencias o realiza preparativos relacionados con la muerte.
  • Tiene acceso inmediato a medios con los que podría hacerse daño.
  • Ha aumentado de forma repentina la frecuencia o gravedad de las autolesiones.

Ante un riesgo inmediato, el adolescente no debe quedarse solo. Es necesario llamar al 112 o acudir a Urgencias.

La Línea 024 del Ministerio de Sanidad ofrece atención a personas con pensamientos o riesgo suicida y también a sus familiares y allegados. No obstante, no sustituye la atención sanitaria presencial cuando existe una emergencia.

La autolesión es una señal, no toda la identidad del adolescente

Las autolesiones pueden ocupar rápidamente el centro de la relación familiar. Todas las conversaciones empiezan a girar alrededor de las heridas, la vigilancia y el miedo a que vuelva a ocurrir.

Aunque garantizar la seguridad es prioritario, también necesitamos seguir viendo al adolescente en su conjunto: sus relaciones, sus intereses, sus conflictos, sus capacidades y aquello que continúa siendo importante para él.

La autolesión es una señal de sufrimiento, pero no define por completo a la persona.

Comprender qué función cumple y ofrecer un espacio donde pueda empezar a pensar y hablar sobre lo que le ocurre permite construir respuestas diferentes.

Psicología para adolescentes y familias en Las Rozas

Si has descubierto que tu hijo o hija se autolesiona, no es necesario esperar a que la situación empeore para pedir orientación.

En TICABA Psicología acompaño a adolescentes y familias para comprender qué está ocurriendo, valorar el nivel de riesgo y ayudar al adolescente a encontrar formas más seguras de reconocer, expresar y regular sus emociones.

El proceso puede incluir un espacio individual para el adolescente y sesiones de orientación o trabajo conjunto con la familia, dependiendo de las necesidades de cada caso.

Sobre el autor

Miguel Aroca Salom es Psicólogo General Sanitario, colegiado M-37776. Trabaja con adolescentes, adultos jóvenes y familias en TICABA Psicología, en Las Rozas, y compagina la consulta privada con su actividad clínica en un hospital de día especializado.

¿Necesitáis orientación sobre vuestro caso?

Si estáis buscando un psicólogo para adolescentes en Las Rozas, podéis conocer cómo trabajo con adolescentes y familias o contarme brevemente vuestro caso para valorar cómo orientar el primer encuentro.

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